Nord Stream 2 vuelve a colarse en la agenda energética europea. Y lo hace por la puerta de atrás: informaciones publicadas por varios medios apuntan a contactos y negociaciones en Suiza para explorar un reinicio parcial del gasoducto que conecta Rusia con Alemania y que nunca llegó a entrar en funcionamiento.
El asunto es explosivo por lo que implica: seguridad energética en Europa, régimen de sanciones y relación con Moscú en plena guerra de Ucrania. Y añade un giro difícil de digerir: el país que lideró la oposición al proyecto, Estados Unidos, aparece ahora en el centro de un posible plan de reactivación a través de capital privado.
Reuniones en el cantón de Zug: conversaciones fuera de los canales oficiales
Sommaire
- 1 Reuniones en el cantón de Zug: conversaciones fuera de los canales oficiales
- 2 Del veto y las sanciones al control del flujo: el giro que incomoda a Europa
- 3 El inversor Stephen Lynch apuesta por un escenario “postguerra” y gas más barato
- 4 Sabotaje, corrosión y permisos daneses: la viabilidad técnica sigue en el aire
- 5 Un símbolo que divide a la UE: Ucrania, el tránsito y la fractura europea
- 6 Puntos clave
- 7 Preguntas frecuentes
- 8 Fuentes
Las informaciones sitúan el foco en Nord Stream 2 AG, la empresa operadora con sede en Steinhausen, en el cantón suizo de Zug. Según esos relatos, se habrían producido intercambios sobre un escenario “post-sanciones” y conversaciones al margen de los cauces diplomáticos habituales.
En ese esquema, el Gobierno alemán no figuraría como parte directa. Y ahí surge la pregunta que inquieta en varias capitales europeas: ¿quién negocia, y con qué legitimidad, cuando se toca una infraestructura crítica que afecta a media Europa?
Uno de los nombres que más controversia genera es el de Matthias Warnig, exdirectivo vinculado al proyecto y descrito en distintas informaciones como cercano al presidente ruso, Vladímir Putin. La tesis es que habría intentado tender puentes con la nueva Administración estadounidense a través de inversores.
También aparece citado Richard Grenell, enviado especial de Donald Trump, al que algunos medios atribuyen visitas no oficiales a la sede de la compañía. Grenell ha negado participar en esas conversaciones. Pero incluso la posibilidad de contactos privados sin mandato formal suele leerse en Europa como un “globo sonda” para medir reacciones.
La lógica que describen algunos análisis es clara: inversores estadounidenses estudiarían posicionarse para controlar, en la práctica, el “grifo” hacia Alemania y capturar parte del valor del tránsito. Comercialmente, gestionar un punto de paso de una gran infraestructura puede generar ingresos. Políticamente, supondría dar a intereses de EEUU una palanca directa sobre una dependencia que Washington lleva años denunciando.
Del veto y las sanciones al control del flujo: el giro que incomoda a Europa
El contraste con la línea estadounidense de los últimos años es evidente. Washington fue un opositor constante de Nord Stream 2 y llegó a sancionar a la empresa y a actores asociados, con el argumento de que el gasoducto aumentaba la dependencia europea del gas ruso.
El propio Donald Trump cargó públicamente contra Alemania ya en 2018: le reprochó que, al comprar gas a Rusia, estaba financiando indirectamente a Moscú mientras se beneficiaba del paraguas de seguridad de la OTAN. La OTAN, conviene recordarlo, es la alianza militar liderada por EEUU de la que forman parte la mayoría de países europeos.
Por eso, una implicación estadounidense, aunque sea indirecta y vía inversores, se interpreta como un cambio de guion. Un exdiplomático europeo citado en los relatos lo resume con crudeza: pasar de oponerse frontalmente a plantear gestionar el flujo cambia el debate; ya no es una cuestión moral, sino de control.
el candado sigue siendo jurídico: las sanciones estadounidenses continúan vigentes y cualquier operación relevante (compra, gestión o puesta en marcha) necesitaría exenciones o autorizaciones específicas. Eso convierte cualquier iniciativa “privada” en un asunto político, porque la llave la mantiene la Administración de EEUU.
Y dentro de Estados Unidos no hay una sola voz. El Congreso, la Casa Blanca y los intereses económicos no siempre empujan en la misma dirección. En 2021, senadores republicanos presionaron para endurecer medidas que contribuyeron a frenar el proyecto. En 2025, la prensa habla de señales más flexibles, pero cualquier movimiento se leerá inevitablemente como un mensaje sobre Ucrania y sobre la relación con Rusia.
El inversor Stephen Lynch apuesta por un escenario “postguerra” y gas más barato
En las piezas publicadas aparece un actor recurrente: Stephen Lynch, banquero de inversión especializado en activos en dificultades. Su interés encaja en una estrategia típica del sector: comprar o estructurar un activo bloqueado por la política apostando a una futura normalización.
El argumento económico es conocido, en Alemania: durante años, el gas ruso se consideró abundante y competitivo para su industria. Un retorno parcial de los flujos podría aliviar precios en determinados segmentos y diversificar suministros.
En el debate alemán también pesa otra preocupación: una mayor dependencia del GNL (gas natural licuado) estadounidense, que suele ser más caro y está más expuesto a la capacidad portuaria y a la volatilidad del mercado global.
Pero la gran incógnita es política: ¿querrá Berlín volver a comprar gas ruso? Tras la invasión de Ucrania, Alemania fijó posiciones de principio y la confianza quedó dañada por el uso del gas como herramienta de presión. La racionalidad económica puede empujar, pero sin un consenso político y social estable, el margen es estrecho.
En lo práctico, Lynch necesitaría permisos de EEUU para avanzar al tratarse de un activo bajo sanciones. Según las informaciones, presentó una solicitud de dispensa a principios de 2024, sin que haya constancia de aprobación. Sin ese visto bueno, todo queda en hipótesis. Y aun con autorización, bancos, aseguradoras y socios industriales medirían el riesgo reputacional, que puede salir más caro que cualquier financiación.
Sabotaje, corrosión y permisos daneses: la viabilidad técnica sigue en el aire
Reactivar Nord Stream 2 no es solo firmar contratos. Una de las dos líneas quedó dañada por un sabotaje, lo que complica cualquier puesta en marcha. Ya en 2022 se habló de posibles reparaciones costosas; en 2023, otras informaciones apuntaron a una “hibernación” técnica del sistema para limitar la corrosión por el agua de mar.
La clave es el estado real de las tuberías tras meses, y años, en un entorno salino. Sin inspecciones detalladas, es difícil calcular el coste: puede ir desde arreglos localizados hasta una operación compleja con barcos especializados, piezas a medida y una cascada de validaciones.
En el plano regulatorio, la Agencia Danesa de la Energía concedió a principios de 2025 un permiso a Nord Stream 2 AG para realizar determinados trabajos. No implica luz verde para reabrir el gasoducto, pero sí indica que hay margen para actuaciones técnicas bajo supervisión. En un asunto tan politizado, cualquier trámite administrativo se interpreta como señal.
El proyecto se terminó en 2021 tras años de polémica y con una inversión estimada en unos 11.000 millones de dólares. Un activo de ese tamaño, parado, atrae estrategias para “ponerlo en valor”. Pero la reactivación exige que encaje toda la cadena: integridad técnica, certificaciones, seguros, contratos de venta y, sobre todo, aceptación política. Si falla un eslabón, se cae todo.
Un símbolo que divide a la UE: Ucrania, el tránsito y la fractura europea
En Europa, Nord Stream 2 se ha convertido en el símbolo de una apuesta energética que muchos consideran fallida: confiar en Moscú como proveedor estable. Tras la invasión de Ucrania, se consolidó la idea de que Rusia “militarizó” el gas, y varios países aceleraron la reducción de compras de combustibles fósiles rusos.
El gasoducto, evita países de tránsito como Ucrania. Para Kiev, cada metro cúbico que no pasa por su territorio puede traducirse en menos ingresos y menos peso estratégico frente a Rusia. Por eso, cualquier intento de reactivación se vive como una amenaza política, no solo económica.
En Alemania, el debate enfrenta dos realidades. Por un lado, industria y sectores económicos miran el precio de la energía y la competitividad. Por otro, el Gobierno debe sostener una línea de seguridad y solidaridad europea. Decir “volvemos al gas ruso porque es más barato” puede sonar pragmático a corto plazo, pero el coste político puede ser enorme.
Y hay un factor de método que inquieta en Bruselas: si las conversaciones avanzan por canales discretos y sin coordinación europea, se reabren las grietas de 2019-2021, cuando el proyecto ya dividía a la UE. Nord Stream 2 nunca fue solo una tubería. Mientras la guerra y las sanciones marquen la relación con Moscú, cada paso hacia su reactivación se interpretará como una toma de partido.
Puntos clave
- Algunos medios mencionan conversaciones en Suiza sobre una posible reactivación de Nord Stream 2
- La implicación de inversores estadounidenses supondría un giro respecto a las sanciones y a la oposición anteriores
- El escenario depende de autorizaciones estadounidenses, de la viabilidad técnica y de una decisión política alemana
- El gasoducto sigue siendo un símbolo que divide a la Unión Europea, en particular sobre la cuestión del tránsito ucraniano
Preguntas frecuentes
¿Nord Stream 2 está funcionando actualmente?
No. El proyecto se terminó en 2021, pero nunca entró en servicio. Una de las dos tuberías fue dañada por un sabotaje, lo que hace que cualquier puesta en marcha dependa de trabajos de reparación y de decisiones políticas.
¿Por qué se habla de conversaciones en Suiza?
El operador Nord Stream 2 AG tiene su sede en Steinhausen, en el cantón de Zug. Medios de comunicación han informado de contactos y negociaciones en torno a un escenario de reactivación, sin que se haya anunciado una participación oficial del gobierno alemán.
¿Qué papel podrían desempeñar inversores estadounidenses?
Según algunos análisis, ciertos inversores estudian una estructura destinada a reactivar o controlar el activo en un marco posterior a las sanciones. Esto requeriría autorizaciones de Estados Unidos, ya que el proyecto y entidades vinculadas siguen estando bajo sanciones.
¿La reactivación sería sobre todo una cuestión técnica?
No. La parte técnica cuenta (inspecciones, corrosión, reparaciones), pero los principales obstáculos son políticos y jurídicos, en particular las sanciones, la aceptabilidad en Alemania y las consecuencias para Ucrania y la UE.
¿Por qué Nord Stream 2 divide tanto a Europa?
El gasoducto se percibe como un símbolo de dependencia del gas ruso y como una ruta que evita a países de tránsito como Ucrania. Cualquier reactivación se interpretaría como una señal geopolítica, no solo como una decisión energética.

